Supimos el uno del otro antes de
conocernos, nos conocimos antes de vernos y la curiosidad y el interés produjo
que nos viéramos por primera vez durante un día soleado en lo alto de una enorme
roca. Una de las miradas rehuía, la otra era tranquila, al igual que el resto
de su cuerpo, en calma y sereno, escuchando y conociendo, esa mirada se hizo
fija con el paso de los días. Nuestros labios se unieron con cierta timidez en
un día nublado y un tanto sombrío y se volvieron a unir en una noche cálida y
otoñal, para volverse a reunir cada día desde entonces. Nuestros cuerpos se
unieron entre sábanas de franela, junto con nuestros besos, nuestros abrazos,
nuestras miradas y nosotros. Pasan los días entre lágrimas y sonrisas, siempre
de felicidad y si las hay de tristeza apenas se recuerdan, porque no merecen la
pena, porque si la pena tornara importancia estas líneas no serían posibles ni
lo que abre las lágrimas de D, ni tampoco la expedición o el cofre del tesoro.
No siempre acompañados, pero siempre juntos…
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